miércoles 18 de marzo de 2009

Para enredos, telenovelas. Para redactar: sencillez

La mal llamada "Plaza Roja" de la UAM-Azcapotzalco, el 14 de abril de 2007

A VECES mis alumnos no me creen cuando les digo que su escritura es innecesariamente complicada. Piensan que redactan de la manera más sencilla. No entienden la frustración —e incluso el coraje— que provocan al hilar palabras, una tras otra, sin una clara propuesta ideológica y gramatical. Pondré como ejemplo la proposición de un alumno de cuarto año de Derecho, quien dentro de unos meses tendrá título universitario y cédula profesional para procesar y defender a presuntos criminales, redactar contratos y toda clase de alegatos y argumentaciones. ¡Son los abogados quienes más deberían cuidar su redacción! Pero, por desgracia, son los que más la enredan. Ésta es la proposición de muestra:

 

Desde sus inicios, el matrimonio se concibió como una unión religiosa destacando en la mayoría de las culturas tres principios: el de procreación, indisolubilidad y unidad, entendiendo este último como solidaridad, protección, fidelidad y en general la ayuda mutua entre la pareja.

 

Empieza bien, con una inversión sintáctica de tiempo: Desde sus inicios. Luego viene el sujeto: el matrimonio. Pero el autor emplea enseguida un verbo reflexivo, y pareciera que el matrimonio se concibió a sí mismo, reflexivamente, como una unión religiosa. Hay que evitar esta clase de confusiones. La forma reflexiva se emplea correctamente cuando decimos, por ejemplo: “Eduviges se maquilla todos los días”. Está claro que Eduviges se maquilla a sí misma. La voz pasiva refleja, por ende, debe usarse sólo cuando no venga al caso destacar la identidad de quién o qué realiza la acción del verbo.

Si escribo, por ejemplo, “El auto se descompuso”, no importa quién o qué descompuso el auto. Sólo me interesa el hecho de que está descompuesto. No cabe pensar, a su vez, que el auto se haya descompuesto a sí mismo. En el caso de nuestro proposición muestra, es evidente que no fue una sola persona o cultura la que concibió al matrimonio en los términos expuestos. ¿Qué hacer, entonces?

Es aquí donde debemos emplear la voz pasiva pura: “Desde sus inicios, el matrimonio fue concebido como una unión religiosa”. Ahora no hay confusión posible, y está claro que el sujeto pasivo, el matrimonio, fue concebido de cierta manera, y al autor no le importaba especificar el agente. Si hubiera querido hacerlo, podría haber tomado prestado su complemento circunstancial de lugar para convertirlo en agente: “Desde sus inicios, el matrimonio fue concebido por la mayoría de las culturas como una unión religiosa”. ¡Magnífico!

Lo que viene enseguida es típico entre los abogados: el uso inapropiado del gerundio. Muchas veces me he preguntado por qué los amigos del Derecho abusan tanto del gerundio, aún más que los periodistas. La única respuesta que encuentro, más allá de que están imitando la mala redacción de sus maestros, tiene que ver con la naturaleza del gerundio como verboide. Éstos carecen de sujeto, tiempo verbal, número y modo. Dicho procedimiento puede ser muy útil cuando se quiere esconder algo o cuando el redactor desea escabullirse entre vaguedades y no comprometerse con una idea clara y contundente. Veamos de nuevo el principio del texto, con todo y gerundio mal empleado, pero con las correcciones propuestas:

 

Desde sus inicios, el matrimonio fue concebido por la mayoría de las culturas como una unión religiosa destacando tres principios…

 

La palabra destacando carece totalmente de asidero en la proposición. ¿Quién está destacando, y qué es lo que el sujeto ausente desea destacar? En otras palabras, necesitamos convertir ese gerundio en verbo conjugado, con sujeto y complemento directo. Pero antes, tendremos que descifrar la intención del autor.

Después de meditarlo un rato, seguramente llegaremos a la conclusión de que es la unión religiosa la que destaca los tres principios. Así podríamos escribir: “Desde sus inicios, el matrimonio fue concebido por la sociedad como una unión religiosa que destaca tres principios”. Otra solución sería: “Desde sus inicios, el matrimonio fue concebido por la sociedad como una unión religiosa para destacar tres principios”. La primera opción declara sencillamente que la unión religiosa destaca tres principios. La segunda opción, sin embargo, va más lejos: declara que la unión religiosa —el matrimonio— fue concebida por la sociedad con el fin de destacar esos tres principios. Es cuestión de énfasis y enfoque. Quedémonos con la primera opción, aunque la segunda también es buena:

 

Desde sus inicios, el matrimonio fue concebido por la sociedad como una unión religiosa que destaca tres principios.

 

Después vienen los tres principios, pero como están redactados, parecen sólo uno, “el de procreación, indisolubilidad y unidad”. Debemos hacer que nuestra redacción refleje la naturaleza tripartita del asunto. ¿Cómo? Quitando el artículo y la preposición antes del primero de los principios: “procreación, indisolubilidad y unidad”. Así, claramente, son tres principios, no uno solo de tres partes. Recapitulemos, entonces:

 

Desde sus inicios, el matrimonio fue concebido por la sociedad como una unión religiosa que destaca tres principios: procreación, indisolubilidad y unidad.

 

Como si el primer gerundio no nos hubiera confundido lo suficiente, el autor agrega otro: entendiendo. Escribe “[…] entendiendo esto último como solidaridad, protección, fidelidad y en general la ayuda mutua entre la pareja”. De nuevo: ¿quién entiende esto último? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Somos nosotros, los que vivimos ahora en España y América Latina, quienes lo entendemos así? ¿Somos todos los seres humanos vivos? ¿O eran ellos, aquellos de “la mayoría de las culturas”, in illo tempore? El gerundio oculta esta información y nos obliga a hacer adivinanzas. Echemos algo de luz, pues, en dos versiones, ambas lícitas y perfectamente comprensibles: “Este último se entiende como solidaridad, protección, fidelidad y en general la ayuda mutua entre la pareja”. O: “Entendemos este último como solidaridad, protección, fidelidad y en general la ayuda mutua entre la pareja”. 

En ambos casos, damos a entender que somos nosotros y ahora. Se hubiéramos querido incluir a aquellos que instituyeron, hace miles de años, el matrimonio, podríamos haber escrito: “Siempre se ha entendido este último como […]”. También es importante señalar que se colocó un punto y seguido [.] después de la palabra unidad, el cual facilita muchísimo la comprensión de lo que antes había sido una sola proposición. Con el punto y seguido, son dos, y ambas son más manejables, comprensibles.

Una observación: como “la pareja” es singular, no me gusta la preposición “entre”, aunque la pareja esté compuesta —evidentemente— por dos personas. Sería mejor usar “en”, “dentro de” o “entre los cónyuges” (aprovechando que cónyuges es plural).

De esta manera, la proposición puede quedar así, en dos:

 

Desde sus inicios, el matrimonio fue concebido por la sociedad como una unión religiosa que destaca tres principios: procreación, indisolubilidad y unidad. Entendemos este último como solidaridad, protección, fidelidad y en general la ayuda mutua entre los cónyuges.

 

Compárese lo anterior con la versión original:

 

Desde sus inicios, el matrimonio se concibió como una unión religiosa destacando en la mayoría de las culturas tres principios: el de procreación, indisolubilidad y unidad, entendiendo este último como solidaridad, protección, fidelidad y en general la ayuda mutua entre la pareja.

 

Para no caer en la redacción enredada, difícil, incomprensible, ilegible, enojosa, basta recordar que estamos manejando ideas que representamos con palabras que toman la forma y la función de un sujeto y varios complementos posibles: el sujeto hace algo en circunstancias varias. Esto, en voz activa. En voz pasiva, algo es hecho por alguien o por algo. Y en la pasiva refleja, parece que las cosas suceden solas, sin agente: mi reloj se descompuso. Pero no debe entenderse que el reloj, en este caso, se hizo daño a sí mismo. Cuando existe esta posibilidad, es mejor no emplear la pasiva refleja.

La mejor sugerencia que puedo hacer es la siguiente: que nuestras proposiciones tengan una estructura clara y que no se compliquen innecesaria o excesivamente. Y para los que se han dejado vapulear por el gerundio, aprendan a dominarlo.[i] Correctamente empleado, les va a servir muy bien.



[i]En este blog hay varias entradas que hablan de cómo emplear el gerundio correctamente. 

miércoles 4 de marzo de 2009

¿En dónde quedó el sujeto?

Casa representativa de la mejor época de Santa María la Ribera. Foto tomada en julio de 2003

UNO DE LOS ERRORES más comunes de la redacción consiste en olvidar incluir el sujeto de la oración principal. En frío, sin antecedentes, uno podría preguntarse cómo puede suceder esto, si el sujeto es —ni más ni menos— lo más importante de la oración porque realiza la acción del verbo. Ocurre mucho más de lo que uno podría suponer. ¿Pero por qué?

Mi teoría plantea que se debe a que el redactor se pierde en su propio laberinto sintáctico. La manera más fácil de perderse es utilizar, al principio de la proposición, un complemento u oración subordinada circunstancial: la tan famosa inversión sintáctica que hemos visto repetidamente en este blog. Ni siquiera tiene que ser compleja la inversión. En el ejemplo que veremos a continuación, es una simple inversión de complemento circunstancial de lugar:

 

En la colonia Santa María la Ribera se ha modificado su arquitectura y actualmente se pueden observar construcciones modernistas ocupando el lugar de lo que, a principios del siglo pasado, era patrimonio histórico.[1]

 

Lo que nos interesa está en rojo. Empieza con el complemento circunstancial “En la colonia Santa María la Ribera”. ¡Perfecto! No requiere coma, que es discrecional en casos como éstos. Hasta allí vamos bien. Pero luego viene una forma verbal pronominal, reflexiva: se ha modificado. Cuando usamos un verbo transitivo, como modificar, sí podemos emplear la forma pronominal para formar la voz pasiva refleja. Esto sucede, por ejemplo, cuando decimos “aquí se habla español”, “se reparan bicicletas”. En otras palabras, con la pasiva refleja deseamos dar a entender que “aquí español es hablado” y “bicicletas son reparadas”. Estas últimas construcciones responden a la estructura de la voz pasiva pura, la cual se usa muchísimo menos en castellano que la voz activa y la voz pasiva refleja.

El dilema comienza con la palabra su, un simple adjetivo posesivo. Si el periodista hubiera escrito la en lugar de su, tal vez sonaría un poco raro, pero por lo menos se entendería: “En la colonia Santa María la Ribera se ha modificado la arquitectura”, o mejor: “En la colonia Santa María la Ribera la arquitectura se ha modificado”. Incluso, en este caso, sonaría mejor la voz pasiva pura: “En la colonia Santa María la Ribera la arquitectura ha sido modificada”. Pero al leer la palabra su, el lector queda perplejo. ¿A qué se refiere? ¿La arquitectura de quién se ha modificado? Sabemos dónde: en la colonia Santa María la Ribera, pero parece que la frase su arquitectura se refiere a alguien, o algo, cuya identidad se ha callado. No es así.

El problema se ubica en el complemento circunstancial. No debería serlo sino el sujeto de la oración, pues la fuerza que ha modificado la arquitectura de la colonia, es la colonia misma; no es que el hecho sólo haya sucedido en Santa María la Ribera sino que Santa María la Ribera ejerció acción sobre la arquitectura, la cual debe ser —en realidad— el complemento directo. Para lograr esto, basta con suprimir la palabra en, responsable de convertir esa frase en complemento, y de privarla de su calidad nominal, de sujeto:

 

Santa María la Ribera ha modificado su arquitectura”.

 

Ahora, sin la palabra en, está clarísimo que es la colonia Santa María la Ribera la que ha modificado su propia arquitectura, y no se requiere el pronombre se sino el verbo transitivo en todo su esplendor. Así, todo queda más claro, sencillo y contundente.

Las inversiones sintácticas, como bien lo sabemos a estas alturas, son sumamente útiles pero es preciso que no perdamos de vista que requerimos, siempre, un sujeto. Y si empleamos un verbo en su forma pronominal para crear la voz pasiva refleja, debe quedar clarísimo a qué se refiere. La palabra su, en el ejemplo original, sólo servía para despistarnos.



[1]“Estampas de la ciudad, cambio de siglo: Santa María la Ribera”, Excélsior, domingo 1° de marzo de 2009, sección “Comunidad”, p. 6.

 

domingo 15 de febrero de 2009

¡Voltea y me dice que no me repita!

De la sección "Menú" del periódico El Universal, 12 de febrero de 2009

¡QUÉ PALABRA MÁS encantadora! Voltear. En México significa muchísimo más de lo que el DRAE, nuestro queridísimo diccionario de la Real Academia Española, reconoce a primera vista. Para confirmarlo, basta leer este encabezado del periódico El Universal, el cual me causó no poca perplejidad antes de volver a leerlo en mexicano.[1]

En todo el mundo —salvo en el país que inventó el chocolate, el mole poblano, el pulque y el tequila— voltear significa “dar vueltas a alguien o algo”, como cuando decimos “hay que voltear la tortilla” o leemos en el instructivo “el colchón debe voltearse cada seis meses”. Otro sentido muy común, aun en México, es el de “trastocar o mudar algo a otro estado o sitio”.[2] Usamos voltear con esta idea de trastorno o tergiversación cuando exclamamos “¡No me lo voltees! ¡El que metió la pata fuiste tú, no yo!”.

Sólo entre las acepciones locales, la novena, se alude a cómo se emplea este verbo en México,[3] pero sólo es un atisbo: “Girar la cabeza o el cuerpo hacia atrás”. Según esto, voltear no sólo implica dar vuelta a algo horizontalmente (como a la tortilla o al colchón) sino también en un eje vertical, como cuando al caminar nos volvemos para ver qué sucede detrás de nosotros, girando el cuerpo o la cabeza 180 grados (más o menos): “Antes de entrar en el edificio, volteó a ver si no lo habían seguido”.

Esto sugiere otra acepción común en México, la cual no aparece en el DRAE: la de mirar hacia, observar, fijarse en… Éste es el sentido que posee el encabezado de nuestra ilustración. Si lo leyéramos en castellano a secas, parecería que estamos poniendo los sabores de cabeza.[4] En otras palabras, un lector no acostumbrado a los sentidos mexicanos del verbo voltear entenderá que Buenos Aires está revolucionando —poniendo de cabeza— los sabores del mundo. La idea no deja de ser atractiva pero no es la que el artículo propone, pues habla de la tendencia cosmopolita de la cocina bonaerense, la cual observa (y asimila) los gustos y procedimientos de viajeros de todo el mundo que llegan a la capital federal de la Argentina. Nada revolucionario sino adoptivo. Aquí voltea a significa echa un vistazo a o mira a (o hacia) con el sentido de “toma en cuenta”. No pasa día en que no oigo imperativos como “¡No voltees ahora, pero ahí viene tu ex marido…!”, los cuales tienen este mismo sentido: no mires ahora, pero… La posición exacta del susodicho es lo de menos. Puede estar detrás, a un lado o en cualquier otra parte. La idea es que la persona no debe hacer un esfuerzo visible para localizar a la persona aludida, pues sería una indiscreción, una actitud delatora.

Pero en México, los sentidos de voltear no paran allí. Se trata de un verbo emocionalmente cargado. Tanto es así, que lo usamos aun fuera de su sentido literal local, exclusivamente para aumentar nuestra expresividad. Por ejemplo: “Luego voltea y me dice […]”. Aquí no hay ningún sentido de cambio de orientación sino el de agarrar vuelo, de emprender un arrancón oral. Este sentido de voltear se exacerba aún más en México al emplear, precisamente, el verbo agarrar en lugar de voltear para aumentar esta sensación: “Y luego Pedro agarra y dice […]”. Esto es más fuerte que el simple voltea y dice.

En México también usamos voltear como sinónimo de dar vuelta dentro del contexto automovilístico. “Llegando a la gasolinera, volteas a la derecha”. Esta acepción aparece como venezolanismo, pero después de doblar, es el verbo que en México más comúnmente se usa con la idea de salir de una calle para entrar en otra.

En resumidas cuentas, el verbo voltear encierra más de lo que aparenta en el DRAE. A mí me encantan los variados matices coloquiales que posee en México. Como recurso expresivo dentro de la oralidad me parecen muy efectivos… en México. Pero usarlos en contextos más formales, sobre todo por escrito en artículos que serán publicados y leídos —por lo menos potencialmente— en cualquier parte del mundo, puede prestarse a equívocos no deseados. Por eso siempre es conveniente que seamos conscientes del valor real de las palabras que empleamos, tanto en sus acepciones coloquiales y locales como en los universales, los que entenderán todos los hispanohablantes desde la Patagonia hasta los callejones de Sevilla. Me parece que la persona que cabeceó el artículo de El Universal no se dio cuenta de que usó el verbo voltear con uno de sus sentidos exclusivamente locales. Simplemente le habrá parecido natural. Este criterio está bien para la conversación entre amigos y familiares, para el cotorreo, pero las normas periodísticas exigen más, sobre todo porque hoy en día lo publicado en México se lee en todo el mundo. Y lo que podría pasar aun en el periodismo, como en este caso, sería perfectamente desaconsejable en cualquier escrito más formal o académico.

Una nota más: donde entran perfectamente estos usos locales, en todo su esplendor, incluso en medios impresos, es en la literatura. En novelas, cuentos y poesía debemos aprovechar la oralidad y la naturalidad en todos sus registros —desde lo más coloquial a lo más elegante— para dar vida a voces que pretendemos humanas. Nadie habla como se escribe un ensayo o un artículo periodístico. Si buscamos captar la esencia del habla real, no podemos darnos el lujo de universalizar la dicción: todo lo humano es local, y lo local está en todas partes.



[1]Debo aclarar que ya había tocado este tema el 5 de abril del año pasado. Pero no pude resistirme a la tentación de volver a la cargada. Si bien lo que ahora escribo refleja lo que apunté hace casi un año, aquí hay algunas precisiones, y aquel artículo incluye un par de cosas que omito hoy. Espero que entre los dos se hayan cubierto todas las acepciones del verbo voltear, tanto las de la norma culta como las de uso coloquial en México.

 

[2]La segunda acepción, que no consigno dentro del texto de esta entrada, es poco menos que incomprensible: al DRAE aún le falta para que todas sus definiciones sean accesibles para gente común y corriente, como el que firma esta nota. Para los curiosos, la pongo aquí en esta nota: “Volver algo de una parte a otra hasta ponerlo al revés de como estaba colocado. Eso de “volver algo de una parte a otra”, para mí, es una noción muy oscura. ¿De qué parte a qué otra parte? ¿Estamos hablando de lugares o de la cosa en sí? ¿O de lugares dentro de la cosa? La segunda mitad de la definición se comprende, pero da a entender lo mismo que la primera acepción: “dar vueltas a alguien o algo”. Se aceptan aclaraciones de los lectores que sí comprendan bien esta segunda acepción de voltear.

[3]Y, según el DRAE, también se emplea así en Venezuela. Lectores venezolanos, ¿es cierto?

[4]Así lo comprendí al principio, pero me hizo ruido la preposición a, que no vendría al caso. Mas en realidad revela su verdadero sentido, que nada tiene que ver con la a personal: significa hacia.

martes 10 de febrero de 2009

Todo lo que usted quería saber acerca de las comillas

Bueno… Yo, por lo menos, habría puesto una coma antes de “Cohen” en virtud de que se trata de un vocativo. Pero, en fin… Me parece muy pertinente aclarar la pregunta que formula este lector anónimo pero igualmente querido.

 

Las comillas tienen varios usos. En primer lugar, las hay sencillas [‘…’] y dobles [“…”]. Las más comunes son las dobles. Solemos usar las sencillas dentro de un entrecomillado doble, como en este ejemplo: “María aseguró que la palabra ‘feo’ fue mencionada en relación con mi aspecto físico”. Pero veamos para qué pueden usarse:

1.                  Se entrecomillan citas textuales, directas o formales. Estas citas reproducen, palabra por palabra, lo que alguien dijo o escribió. Si estamos citando un escrito, basta copiar el texto tal cual, y entrecomillarlo. Si estamos citando una declaración oral, debemos apegarnos lo más posible a lo dicho, respetando léxico, gramática y sintaxis. La puntuación correcta debe ir por nuestra parte.

a.       Tratándose de una cita periodística de la fuente política, por ejemplo, no debemos ceder a la tentación de corregir o mejorar la gramática y sintaxis. Si fuera una cita de índole menos sensible en términos políticos —pongamos como ejemplo una entrevista a un músico o pintor—, no tendría nada de malo retocar la gramática y la sintaxis (salvo para guardar cierto sabor de lo oral y de lo informal), siempre y cuando se respete 100 por ciento el contenido. Los lectores lo agradecerán.  

b.      En trabajos académicos, las reglas cambian. Aquí las citas casi siempre provienen de fuentes impresas. Si la cita es de tres renglones o menos, se entrecomilla. Si rebasa los tres renglones, se escribe en párrafo aparte, a renglón seguido y con sangría a la izquierda; algunos también ponen sangría a la derecha. No se entrecomillan estas citas en párrafo aparte. Las comillas no hacen falta porque el material citado está perfectamente aislado tipográficamente. Para emplear correctamente las llamadas de notas a pie de página, recomiendo que se consulten los manuales de Ario Garza Mercado, Umberto Eco u otros que hay disponibles actualmente en librerías o en internet.

2.      Pueden entrecomillarse neologismos, apodos y palabras no aceptadas por la Academia de la Lengua. También se usan las comillas para indicar que empleamos una o más palabras en sentido figurado o con ironía. Pero la mejor opción en estos casos es emplear letra cursiva en lugar de comillas. Se sugiere esta opción para dejar las comillas para citas textuales, mas las reglas ortográficas sí permiten usar comillas en estos casos.

3.      Se emplean comillas para citar los títulos de artículos, poemas, canciones, capítulos de libros, etcétera. En otras palabras, entrecomillamos los títulos de las partes que integran obras mayores: la canción incluida en un disco; el poema, ensayo o cuento dentro de un libro; el cuadro dentro de una serie. Los títulos de las obras mayores (libros, óperas, discos, exposiciones, películas, obras de teatro…) se escriben en letra cursiva o como se hacía hace años, antes del advenimiento de las computadoras: Subrayados. Debemos recordar, sin embargo, que no debemos subrayar y usar letra cursiva simultáneamente. Esto está prohibido. Terminantemente.

Así, podemos hablar de “El llano en llamas”, un cuento dentro de El llano en llamas, libro de Juan Rulfo.

 

            En el vasto mundo cruel de la realidad de la mala escritura, se abusa muchísimo de las comillas. Mucha gente cree, por ejemplo, que al entrecomillar hacemos énfasis en lo entrecomillado. ¡Para nada! Otros creen que es necesario entrecomillar los nombres de las tiendas, oficinas o instituciones públicas y privadas. ¡Tampoco! Como son nombres propios, basta usar mayúsculas en cada palabra, salvo en los artículos y preposiciones si éstos no son la primera: El Palacio de Hierro, La Jornada Semanal, Organización de las Naciones Unidas, etcétera.

            Una nota más: según la nueva norma ortográfica, cuando una proposición termina con comillas, el punto debe ir fuera. (La misma regla se aplica al usar signos de paréntesis, como en este paréntesis). Por ejemplo: “El maestro dijo que debemos emplear bien las comillas”. En la norma antigua, el lugar del punto respecto de las comillas o el paréntesis variaba según el contenido. Ya no. Ahora es más sencillo: el punto siempre va fuera. Si no hay comillas ni paréntesis, jamás debe ponerse punto después del signo de interrogación o de admiración.

 

Correcto:

“¡No me toques, imbécil!”.

“¿A qué hora vas a tocarme, imbécil?”.

Incorrecto:

¡No me toques, imbécil!.

¿A qué hora vas a tocarme, imbécil?.

 

Ojalá que esto aclare más de tres dudas. Si éstas persisten, pueden escribir aquí sus preguntas en forma de comentario, y con mucho gusto dejaremos de comer, dormir y hasta de trabajar, con tal de que se haga un poco de luz… 

sábado 7 de febrero de 2009

La coma entre complementos u oraciones seriados en inversión sintáctica


CREO QUE A estas alturas del blog nuestros lectores saben que cuando hay una inversión sintáctica, la coma entre ella y la parte principal de la oración —o proposición, si se trata de una oración compuesta— es discrecional: la ponemos si nos parece que mejora o aclara la comprensión. Como ejemplo rápido, una inversión simple: “Ayer, fuimos al Congreso a reírnos de los payasos”. Aquí, la palabra ayer, complemento circunstancial de tiempo, va antes del verbo; por eso decimos que la oración tiene una inversión sintáctica. En este caso pusimos la coma pero podemos omitirla perfectamente sin que por eso se oscurezca el sentido o se vuelva más difícil de comprender: “Ayer fuimos al Congreso a reírnos de los payasos”. Ahora, un ejemplo con oración compuesta: “Para que tú lo entiendas, Sergio va a hacer la presentación personalmente”. La oración subordinada circunstancial de finalidad Para que tú lo entiendas está invertida. La oración principal empieza con Sergio y el verbo va después. Aquí pusimos la coma, mas en este caso es absolutamente necesaria porque sin ella tambalea el sentido de la proposición. Para empezar, la coma antes de Sergio podría sugerir la presencia de un vocativo (véase “¿A qué le tiras cuando sueñas, vocativo?”), pero la duda se disipa enseguida porque falta la segunda coma que confirmaría la presencia del vocativo. Como no está, no hay vocativo y resulta que Sergio es el sujeto de la oración principal: Sergio va a hacer la presentación personalmente. Si dejáramos la coma fuera, la oración quedaría ambigua. ¿Le estarán hablando a Sergio y se les olvidaron las comas, o será Sergio el sujeto?

Esto, como repaso. Ya hemos visto dos excepciones a la discrecionalidad de esta coma de la inversión sintáctica. (Véase “Dentro de la inversión sintáctica, la coma de la oración condicional” y “La coma en inversiones que incluyen gerundios o participios pasivos”). La tercera excepción del uso de la coma con inversiones sintácticas no corresponde a la inversión propia sino a lo que está contenido dentro de ella. Me explico…

Hasta ahora hemos visto inversiones simples; es decir, de un solo complemento u oración circunstancial en inversión sintáctica, como las dos del primer párrafo de esta entrada. Pero es posible hilar dos, tres, cuatro o —teóricamente— más complementos en inversión sintáctica. En estos casos, por la regla de la coma serial (véase “Entre lo dicho y lo escrito, más una coma serial”) tenemos que separar estos complementos u oraciones circunstanciales con coma. Pero entre el último complemento u oración circunstancial y la oración principal, la coma seguiría siendo discrecional. Veamos algunos ejemplos:

 

Ayer, a las tres de la tarde, el electricista llegó a instalar el regulador.

Aunque nadie sospechaba que fuera a hacerlo, por motivos que todos ignoraban, en contra de lo que dictaban todas las reglas de la sociedad civilizada, la maestra se quitó repentinamente la ropa en medio del salón.

 

En el primer ejemplo, hay dos complementos circunstanciales en inversión sintáctica, y están separados por una coma (la que viene después de Ayer). La segunda coma, la que viene después de tarde, es discrecional. En el segundo ejemplo hay tres oraciones circunstanciales en inversión sintáctica, y entre ellas hay comas. En este caso son dos comas porque son tres oraciones circunstanciales en inversión sintáctica. Las comas van después de hacerlo e ignoraban.

Si hubiera cuatro elementos en inversión sintáctica, habría tres comas entre ellas, y así sucesivamente. La coma después del último elemento sigue siendo discrecional, pero recomiendo usarla porque suele ayudar, pero no siempre, como en el primer ejemplo:

 

Ayer, a las tres de la tarde el electricista llegó a instalar el regulador.

 

Aquí hemos suprimido la coma después de tarde y, francamente, no pasa nada. Pero no recomiendo quitarla después de la palabra civilizada en el siguiente ejemplo porque sí ayuda a la lectura y la comprensión. En otras palabras, la coma entre lo invertido y lo principal sigue siendo discrecional, al gusto.

Y con esto hemos terminado de ver todas las comas obligatorias. Sólo falta una entrada más sobre las que son, por naturaleza, discrecionales.

 

jueves 29 de enero de 2009

La coma en inversiones que incluyen gerundios o participios pasivos

EL SEGUNDO CASO excepcional de la regla de las inversiones sintácticas tiene que ver con gerundios y participios pasivos. Pero primero, recordemos cuál era esa regla:

En casos de inversión sintáctica, no es obligatorio sino discrecional colocar una coma entre el complemento u oración circunstancial y el verbo u oración principal. (No importa si el sujeto de este verbo lo antecede o sigue. Para un repaso más a fondo, sería una buena idea volver a la entrada del 5 de enero).

Veamos varios ejemplos, con y sin coma, primero con simples complementos circunstanciales (primer grupo), y después con oraciones circunstanciales subordinadas (segundo grupo):

 Casos con complementos circunstanciales en inversión sintáctica:

Ayer entregó Juan su trabajo. (sin coma)

Ayer Juan entregó su trabajo. (lo mismo, pero con el sujeto antes del verbo)  

Ayer, entregó Juan su trabajo.  (con coma discrecional)

Ayer, Juan entregó su trabajo. (lo mismo, pero con el sujeto antes del verbo)  

Con toda calma se negó a firmar el líder de los maestros. (sin coma)

 Con toda calma el líder de los maestros se negó a firmar. (lo mismo, pero con el sujeto antes del verbo)

Con toda calma, se negó a firmar el líder de los maestros. (con coma discrecional)

Con toda calma, el líder de los maestros se negó a firmar. (lo mismo, pero con el sujeto antes del verbo)

 

Casos con oraciones circunstanciales subordinadas en inversión sintáctica:

Cuando se puso el sol Jonatán se reunió con David. (sin coma)

Cuando se puso el sol, Jonatán se reunió con David. (con coma discrecional)

A pesar de que los legisladores avanzaron mucho los obstáculos fueron demasiados. (sin coma)

A pesar de que los legisladores avanzaron mucho, los obstáculos fueron demasiados. (con coma discrecional)

Fíjese en cómo la coma discrecional en estos últimos ejemplos sí ayuda a que se lea y comprenda mejor la proposición. Ahora veamos el segundo caso excepcional de las inversiones sintácticas, donde la coma se vuelve obligatoria. La regla es la siguiente:

 Cuando la inversión incluye un gerundio o un participio pasivo, hay que poner una coma entre la inversión y la oración principal. (Ya no sería discrecional la coma).

 

Veamos unos ejemplos que aclararán estos casos excepcionales:


Fingiendo demencia, Susanita se declaró inocente. (con gerundio)

Arrastrando las palabras, el borrachito manifestó su tajante rechazo a las bebidas alcohólicas. (con gerundio)

Entregadas las formas fiscales, los empleados cerraron la ventanilla. (con participio pasivo)

Una vez empezada la función, se prohíbe la entrada a la sala principal. (con participio pasivo)

Habiendo visto la primera mitad, los muchachos decidieron no quedarse para la segunda. (con gerundio y participio pasivo)

 

Una última reflexión sobre la obligatoriedad de la coma después de inversiones que incluyen gerundios o participios pasivos

Estaría yo dispuesto a conceder que, en sentido estricto, no siempre se produce confusión, per se, cuando se deja de emplear una coma en estos casos, pero el usarla siempre mejora la comprensión y lectura de las proposiciones con inversiones sintácticas que incluyen gerundios o participios pasivos. Cuando digo “confusión per se”, me refiero a que con una lectura lenta y analítica de estas proposiciones —aun sin la coma que llamo obligatoria— el lector podría descifrar el significado correctamente. La regla de su obligatoriedad, entonces, existe no tanto porque pudiera haber confusión sino porque en estos casos la coma aclara de inmediato el sentido de las proposiciones y propicia su recta comprensión —sin que uno deba interrumpir la lectura para revisar su lógica gramatical—, a diferencia de los casos discrecionales donde con frecuencia da exactamente lo mismo usar o no usar la coma.

Ahora sólo queda un último uso de la coma dentro de las inversiones sintácticas, y después de analizarlo habremos terminado de ver todos los casos de la coma obligatoria. Sólo quedarían los usos discrecionales de la coma, muchos de los cuales ya hemos visto sobre la marcha. Así, pienso que podremos verlos todos en una sola entrada, pero un poco más adelante. No quisiera que nadie, por tanta puntuación, entre en coma… (Mal chiste, ya lo sé).

 

 

miércoles 7 de enero de 2009

Dentro de la inversión sintáctica: la coma de la oración condicional


ANTES QUE NADA, recordemos que —en términos gramaticales— se da una inversión sintáctica cuando cualquiera de los complementos antecede al verbo principal. Hemos visto que después de una inversión sintáctica podemos poner una coma, aunque ésta no es obligatoria. En la escritura formal, la única inversión sintáctica que solemos usar es la del complemento circunstancial, aunque en el lenguaje oral también son comunes las del complemento directo e indirecto. Hoy veremos la primera de tres comas que son obligatorias cuando se trata de una inversión sintáctica. En otras palabras, dentro de la discrecionalidad de esta coma, hay tres casos de inversión sintáctica donde la coma sí es necesaria.

Los complementos circunstanciales pueden ser de índole diversa: de lugar, tiempo, modo, medio, materia, causa, finalidad, origen, agente, instrumento, destino… Algunos ejemplos:

 

modo: con alegría

lugar: en mi oficina

origen: desde Buenos Aires

materia: de madera

finalidad: para lucirse

causa: por razones de fuerza mayor

 

Si colocamos estos complementos circunstanciales después del verbo —su lugar natural— no debe usarse ninguna coma. Pero si invertimos la sintaxis, poniendo los complementos circunstanciales antes del verbo, sí podemos poner una coma después de los complementos, aunque no sería obligatorio hacerlo. Enseguida veremos una serie de tres oraciones. La primera sigue la sintaxis natural. La segunda emplea la inversión sintáctica. En los tres casos he colocado una coma después de la inversión, pero podría haber prescindido de ella porque no es obligatoria sino discrecional en estos casos:

 

Con sintaxis natural / Con inversion sintáctica

Cantó con alegría. / Con alegría, cantó.

Encontraron armas en mi oficina.   / En mi oficina, encontraron armas.

Todos llegaron a las tres. / A las tres, todos llegaron.

 

Pero las inversiones sintácticas no sólo se construyen con complementos circunstanciales, los cuales carecen de verbo. También pueden construirse con oraciones circunstanciales, las cuales sí contienen verbo. En todos los casos, se trata de oraciones subordinadas que indican alguna circunstancia, y hay de muchas clases. Son oraciones subordinadas porque no pueden comprenderse por sí solas sino en conjunción con oraciones principales. Para decirlo pronto, se trata de proposiciones que son oraciones compuestas. Veamos tres ejemplos con sintaxis natural y sin comas:

 

Pablo cerró la tienda cuando escuchó las detonaciones. (tiempo)

Lo explicaré para que entiendas. (finalidad)

Compraré un auto si me dan el préstamo. (condición)

 

Aunque la misma regla de discrecionalidad se aplica cuando invertimos la sintaxis con oraciones subordinadas circunstanciales, la coma suele usarse más en estos casos por la mayor complejidad de la proposición, pero sigue siendo discrecional. En otras palabras, aún invirtiendo una oración subordinada circunstancial, no es obligatorio usar coma:

 

Cuando escuchó las detonaciones Pablo cerró la tienda. (sin coma)

Cuando escuchó las detonaciones, Pablo cerró la tienda. (con coma)

Para que entiendas lo explicaré. (sin coma)

Para que entiendas, lo explicaré. (con coma)

 

Como puede verse, la coma sí ayuda en la lectura de estas proposiciones, pero no es absolutamente necesaria. Usted puede ponerla o no, a su gusto. Pero el caso del último de los tres ejemplos es diferente. Se trata de una oración subordinada circunstancial condicional.  (Para abreviar, la llamaremos oración condicional). Todos los planteamientos condicionales tienen dos partes: la principal (o independiente) y la condicional (la subordinada).*

 

Oración principal / Oración condicional

Compraré un coche / si me pagan bien.

Te llevaré al cine / si terminas la tarea a tiempo.

Abandonaría la carrera / si me obligaran a estudiar estadística.

Me casaría contigo / si no fuera por tu afición al América.

 

Cuando la oración principal va primero, no debe usarse ninguna coma:


Compraré un coche si me pagan bien.

Te llevaré al cine si terminas la tarea a tiempo.

Abandonaría la carrera si me obligaran a estudiar estadística.

Me casaría contigo si no fuera por tu afición al América.


Pero si ponemos primero la oración subordinada circunstancial condicional, lo que es muy común, la coma se vuelve obligatoria:

 

Si me pagan bien, compraré un coche.

Si terminas la tarea a tiempo, te llevaré al cine.

Si me obligaran a estudiar estadística, abandonaría la carrera.

Si no fuera por tu afición al América, me casaría contigo.

 

De esto, en resumidas cuentas, trata la primera de las tres comas obligatorias en casos de inversión sintáctica:

 

Cuando invertimos una oración condicional, la coma es obligatoria.

 

En todos los demás casos de inversión sintáctica que hemos visto hasta ahora, trátese de complementos circunstanciales o aun de oraciones circunstanciales, la coma sigue siendo discrecional.

 

            *Los gramáticos dieron nombres especiales, algo rimbombantes, a las dos partes de una proposición condicional. Llamaron a la parte principal (a la oración independiente, pues), la apódosis. A la oración subordinada circunstancial condicional llamaron la prótasis.